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26 de noviembre de 2020

¿Por qué el Diego es D10S?

Cuando fue el mundial de México 86 yo tenía 10 años. Mi abuela me había prometido que si no decía tantas malas palabras me iba a comprar todos los números de la revista El Gráfico durante la previa y el mundial. Me devoraba los artículos. Los releía. Todavía me acuerdo cómo se le reían a Bilardo en una nota porque había prometido invitar a todos a comer unos ñoquis en una fonda después que Argentina traiga la copa. Por Juan Manuel Berlanga.

Maradona era el único superhéroe que podía hacer un milagro y sacarnos del último vagón de la vergüenza mundial. Tanía 10 años pero ya sabía de la masacre de los milicos y eran muy frescas las imágenes de los soldaditos que desfilaban por la ciudad en tanques y camiones militares rumbo a Malvinas. Y más frescas aún las imágenes de la derrota, de la humillación de los ingleses, del cajón de Herminio Iglesias y de que con la democracia se comía, se curaba y se educaba.

 

Todos sabíamos, queríamos y soñábamos con que el Diego nos lleve milagrosamente a ser los mejores del mundo en algo. Perdón, los mejores del mundo en fútbol. ¿Había acaso por ese entonces honor más importante por el que soñar?

 

Tenía 10 años pero no me puedo borrar ni los mínimos detalles de ese mundial. En el arranque contra los coreanos, Diego tenía un tiro libre directo ideal para su perfil. Ni 6 minutos hacía que había arrancado el partido. Todos esperábamos mudos que le entre suave por arriba de la barrera. Rebotó, el Diego, rápido de reflejos como siempre, la cabeceó pero bien para arriba, como tirando un sombrerito de cabeza, le quedó servida a Valdano y el flaco la mandó a guardar.

 

La conversa entre los mas grandes me entretenía igual que el partido. Diez minutos más tarde otro tiro libre. Daba para centro, no para pagarle directo. Diego la acarició y se la alcanzó a la altura del marote del Cabezón Ruggeri, saltamos todos con él. Goooool

 

Era la primera vez que entraba a la pieza del fondo donde dormían los hermanos grandes de mi amigo Nacho Caspani. Cien veces había ido a jugar a la casa. Pero el arranque del mundial nos habilitó a ver el partido con los grandes. En el televisor que tenían en el medio de las camas cuchetas. Yo soy primer hijo, primer sobrino y primer nieto. Los tópicos que se trataron en ese antro fascinante de tipos grandes fueron más que reveladores.

 

Pasó Italia, pasó Bulgaria y volví al antro del fondo de la casa de Nacho, para ver los octavos de final contra Uruguay. Era una buena oportunidad para ver fútbol entre tipos grandes como nosotros, que ya entendíamos todos los secretos de la humanidad... Y le ganamos uno a cero a los uruguayos. Con gol de Pedro Pablo Pasculi. Santafesino. No de la provincia de Santa Fe. Santafesino de la ciudad capital de la provincia de Santa Fe. Y de Colón. Y yo que ya era grande… Y el Diego que ya amagaba a que podía hacer posible lo soñado.

 

 

Pero ni yo, ni ningún habitante de esta tierra imaginábamos lo que íbamos a sentir un par de días más adelante. El estadio Azteca fue el escenario del nacimiento del mejor D10S que alguna vez haya pisado el suelo argentino. “ES SÓLO UN PARTIDO DE FÚTBOL, NO UNA REVANCHA”, se decía por entonces. Si… capáz… esa contásela a otro. La revancha de la guerra de Malvinas se hacía carne en 11 gladiadores por bando y en un terreno delimitado por líneas de cal.

 

Ese día no le ganó Argentina a Inglaterra. Es día, con Maradona, les ganamos todos los argentinos y las argentinas a esos piratas usurpadores que asesinaron a nuestros pibes con un ejército de sicarios a sueldo. Y le ganamos a lo argentino. Encarando como en el potrero, pasamos a uno, dos, tres, cintura para acá, pelota para allá, toque y ante el rechazo defectuoso del defensor, pim! Se la pinchamos con la mano en la cara a Peter Shilton. Gooooooooooool En tu cara Tacher!!!!. Y con la mano... Con la Mano de D10S.

 

Y cuando el corazón nos explotaba de orgullo, D10S dibujó la pirueta de un barrilete cósmico, de un marciano que nació en el planeta Fiorito y vino al mundo sólo para darnos la mayor alegría de nuestras vidas. “Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0”.

 

No llores por mi Inglaterra, titularon los garcas de El Gráfico que ya se empezaban a colgar de las tetas del Diego y a pedirle perdón a Bilardo.

 

Ese partido lo vi en casa. Lloré mucho, mucho. Todo el tiempo. Y sobre todo después. Lloramos todos. Es que habían miles de lágrimas que tenían que salir. Diego nos inflaba el pecho. Ese pecho caído, golpeado, derrotado. Las lágrimas enjuagaban y daban paso a la felicidad. A una felicidad que se expandía, que rebotaba, que se esparcía en cada calle de cada ciudad argentina. Millones y millones de iguales, felices en las calles de todo el país. ¿Quién nos dio más alguna vez?

 

Ese pibito parido en una villa, que pudo ser futbolistas gracias a que la Tota no morfaba para comprarle los botines, nos convidaba el mayor momento de felicidad colectiva de la historia. Y tenía mucho más para darnos. Y nos llevó a la gloria. Y nos siguió regalando felicidades como ningún otro.

 

¿Por qué Maradona es Dios?

 

Porque nos hizo los mejores del mundo. Porque cuatro años más tarde nos volvió a llevar a la cima. Porque metiéndole agujas y anestesia arrastró esos tobillos para que el mundo entero se entere que, además de D10S en Argentina, Diego era el Rey de Italia. De la Italia pobre del Sur. El Capi de tutos los capis de Nápoles. El que les gritó “Hijos de puta” a los ricachones del Norte cuando le faltaban el respeto a nuestro himno.

 

Porque resucitó de los muertos para calzarse la 10 otra vez y volver a ilusionarnos. Porque los mafiosos de la FIFA, que lo usaron para levantar un mundial devaluado, le cortaron las piernas y nos las cortaron a todos.

 

Porque Diego es como nosotros y nosotras, pero mejor. Porque con el mundo a sus pies, escupió a los dueños de todo. Porque nos gritó que “hay que ser muy cagones para no defender a los jubilados”, porque le dijo al “papa bueno” que era una contradicción todo el oro del Vaticano y las panzas desnutridas en África…

 

Diego es D10S porque les gritó a la FIFA que eran unos ladrones, mucho antes que la justicia se anime a mover un dedo. Porque defendía los premios y los sueldos de sus compañeros. Porque en los momentos de crisis decía que el Estado debía cobrarle más impuestos a los ricos como él, para distribuirlo entre los más pobres.

 

Porque no se olvidó de Fiorito. Porque no se olvidó de los Pelusas que como él nacen en los barrios privados de todo. Porque pidió perdón por ser culpable de nada. Porque sufrió la carga de quienes le exigían ser un ejemplo. Porque se subió al tren rumbo a Mar del Plata para decirle al Alca Al Carajo, con Chávez, con Evo, con el Pepe, con Néstor, con Lula.

 

Porque bancó siempre a las Madres y a las Abuelas. Porque eligió a Fidel y no a los Yankees. Porque se tatuó al Che, porque la pelota no se mancha, porque al hijo del embajador del norte se le escapó la tortuga, porque vos también la tenés adentro Toti Pasman y porque me abrió la puerta del antro de los hermanos más grandes de Nacho Caspani.

 

Y Diego es D10S porque, también, alguna vez imaginó que el día de hoy, iba a llegar. Y dijo: “Si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista. Y quiero volver a ser Diego Armando Maradona. Soy un jugador que le ha dado alegría a la gente y con eso me basta y me sobra”.

 

Quedate tranquilo Pelusa, que estás volviendo a nacer en cada latido de los corazones de todos nosotros y todas nosotras. Y a los que se creen que la vida les dio la potestad imaginable de juzgarte… perdónalos, no saben lo que hacen, y que la sigan chupando.

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